domingo, 28 de abril de 2013

TROYA


De una crueldad vinosa y honda como el océano viniste tú, vidente, viejo aedo de los siglos sin sol. Tu palabra trajo a nuestros oídos el fragor de la guerra: naves, grebas de bronce, yelmos ennegrecidos y escudos con clavos de plata. Y los hombres gritaban, se quebraban los ejes de los carros, se revolvían los caballos, sorprendidos del sabor alcalino de la sangre. Por causas tan oscuras como la oscura piedad del vencedor, como el júbilo dulce del vencido a punto de morir. Vanidad ingrata de los dioses, cuántas aras inútiles. Y el fuego devorando los palacios de Troya. Pero dinos ahora lo que supimos siempre: que no fue por Helena, sino por el trofeo de sus cabellos rubios; que sus quejas rodaron por el suelo como cuentas de un collar que se rompe; que nunca sus captores ni la diosa que propició aquel rapto quisieron conocer su voluntad; que no era tan hermosa; que a los héroes no les bastaba el humo que se alzaba del sacrificio de aves y de corderos blancos: había que inmolar algo más alto, alto como la dicha. Y todo por la vida de los nombres, por esa extraña vida que comienza en la pira funeraria…

Ana Isabel Conejo, Atlas

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